La cultura y los sentimientos una diatriba para el amor

Por: Amalia Pérez Mejía

“Me voy por mí, y por nadie más, harta de una suerte mezquina que me lo ha dado todo menos el amor.”, Gabriel García Márquez”

Así comienza la historia: Anita está viviendo uno de sus mejores momentos en el transcurso de su generatividad, se aferra a la idea de un «amor eterno», por esos enunciados de que “al final la vida te recompensa todos los favores” siendo así, ella cree que llegó el momento de conquistar la eternidad y hace su mejor esfuerzo para perpetuar la llegada del amor en su otoñal sucesión de días. Anita, madre de tres hijas y cada una vive con sus respectivos padres, ha iniciado un tórrido romance con David un exitoso empresario divorciado, padre también de seis hijos procreados con distintas mujeres.

Ella se levanta temprano a esperar que llegue David, que pasa cada mañana a tomar café en casa de esta, quien a su vez sostienen apasionados encuentros antes de que el hombre llegue a su oficina que le queda en la misma ruta. Anita que en su estado de enamoramiento quiere agradar a su bien amado, ha aprendido a cocinar diferentes platos gourmet para sorprender cada día al fausto hombre, en sus esmerados detalles también consume sus propios ahorros de años de trabajo en una fábrica de telas. Cada día se repite este encuentro mañanero que en ocasiones se extiende a la nocturnidad y aumenta como espuma de “youtubers” el éxtasis en cada entrega.

El amor crecía, según su propio anhelo, los encuentros cada vez más apasionantes dejaban siempre la oportunidad al próximo, la mujer que por algún tiempo había dejado de reír cantar y bailar, ahora vibraba de alegría, por supuesto que la confianza que tenía en aquella relación la llevaba a un paso más cerca de su franca y sincera conquista. Los días cada vez más brillantes en su esfera, las horas se acortaban entre los brazos de aquel señor que suspiraba también al lado de esa “morena” que se “desvivía” por el bienestar de su pareja. Esa relación sin espacio a la duda la llevó a hacer la pregunta que ella tanto había esperado que él le hiciera.

¿Cuándo será la boda David?, David se atraganta con el café y suelta violentamente la taza y le grita. ¿De qué boda tú me estás hablando?,, ¿acaso pensaste que me iba a casar con una mujer como tú con tres hijas de diferentes maridos?, ¿crees que cualquiera que se respeta va a casarse con una mujer que desde que me conoció abrió sus piernas!, ¡¡despierta mujer!!, ¡despierta!

Todo se derrumbó en ese momento para Anita que tenía casi un año planeando la ocasión de verse vestida de blanco caminando en la playa con una cola larga abriendo surcos sobre la arena, tantas noches sin dormir pensando en aquel momento que se esfuma en las salpicaduras del café aún caliente derramado por la ira, no puedo levantarse de la mesa, un dardo le clavó el corazón, el príncipe sentado al frente había roto el hechizo, ya no era tan atractivo, veía un monstruo con los ojos rojos de rabia y los puños encrespados temblando del enojo.

Ella piensa en los sentimientos, los abrazos, las caricias, la ternura y razona sobre una sociedad que castra la intimidad, donde no hay horizontalidad cuando la jerarquización de las relaciones se basa en juicios y prejuicios, se convierte en injuria cuando la otra persona es considerada en posición inferior. Aquí no se evidencia en el interlocutor la reparación de las consecuencias de sus hirientes palabras, ni toma en cuenta los momentos vividos entre ambos. Si partimos de la cultura patriarcal, vemos como predomina sobre los sentimientos que pueden existir en David, un fardo social que no le permite darse cuenta que los dos han pasado por el mismo proceso en sus relaciones familiares y de pareja.

Los más de cuatro años pasado en esa relación dan motivos claros del bienestar que sentían ambos en la misma, pero presentando ya los argumentos y contraargumentos para justificar su conducta, quizás la cultura está comprometiendo un dilema de “lo que yo quiero y lo que la sociedad androcéntrica exige”. Aquí vemos cómo la desigualdad de género posiciona a una por debajo del otro por las mismas causas, obvio la supremacía del machismo incapaz de ver que “mis defectos son los propios tuyos”, resultante de una cultura patriarcal en donde predomina un contexto en que la mujer no puede transitar por el mismo camino que ha transitado el hombre sin ser desvalorizada o juzgada de “puta”. Este acontecimiento ocurre de manera consciente desde el punto de vista del patriarcado sin emitir ningún concepto de valoración a las acciones, a los cuidados y entrega de la persona que en cuestión ha sido afectada.

La incorporación de conceptos ajenos a lo que mi “yo interno anhela” surge como un eco que retumba desde las entrañas mismas de una sociedad que se adueña de paradigmas y estereotipos que provocan la irreparable pérdida de la autoestima, vemos además como David prefiere perder para siempre “el amor de su vida”, en vez de responder y enjuiciar una cultura que muestra sus peores garras de desigualdad y desamor. Entonces Anita concluye que el amor es una diatriba constante que se mueve en la esfera de lo irracional y lo liminal, la sensación de bienestar que provoca dicho sentimiento también trae consigo consecuencias en los estados de ánimo, donde intervienen una sucesión de características atribuidas a un imaginario social que ha ido construyéndose a lo largo de la vida y que destruye relaciones bonitas.

Algunos autores, tal como Dávila y Fernández, hablan acerca de los sentimientos como: “procesos psicológicos que se supone que intervienen en el desarrollo de la actividad humana, pero que no son manifiestos, explícitos, claros, sino que están mezclados en forma tal con los restantes procesos”.

COMPARTIR