La moral y la ética pueden perecer ahogadas en el mar

Por: Amalia Pérez Mejía

El mar estaba quieto, soplaba una brisa de este a oeste que batía la larga cabellera de Anita que no apartaba la vista del vaivén de las olas, su pecho se comprimía, el salitre pegado a sus hebras pesadas golpeaba cada vez más fuerte su rostro, las horas se consumían en suspiros. No sabía cuánto tiempo llevaba allí sentada sobre una afilada roca, asomaba a escudriñar la profundidad del agua, buscaba una señal que le apartará de sus fatídicos pensamientos, que iban y venían más rápido que las olas. Se agarraba con fuerza el pecho, cruzaba sus manos y las retorcía sobre su corazón que no tenía noción de latidos, no precisaba si se había parado la sístole y la diástole, casi desgarra su camisa tan azul como el mar.

Seguía pensando. ¿Por qué a mí, ¿Por qué a mí?, nada consolaba la tragedia, que se avecina, nada cambiaba el curso de la pena, los transeúntes pasaban sin mirarla, nadie sospechaba que esa tarde soleada Anita planeaba saltar a la profundidad de las aguas aún serenas. Llegan recuerdos a la mente que le hacen sonreír, pensaba en los días que su madre la tomaba de la mano y la llevaba a la escuela con tres inmensos moños que les hacían doler el cráneo, pensaba en las noches de juergas con los amigos y por supuesto el primer beso. Como olvidar cuando ese chico con la cara llena de acné la tomó por la cintura y entró su lengua dentro de su boca y le llegó el sentimiento de repulsión y de placer.

Era un ágata de sentimientos que confundía su cerebro, adrenalina, dopamina, serotonina, una conjunción incontrolable de dulce-amargo recuerdos que contraria su estómago.

La tarde ya presentaba su manto de despedida y de repente surgía la reiterada pregunta, ¿Por qué a mí?, ¿Qué he hecho padreeeee, porque merezco este castigo? Basta con que llegaran esas palabras a su cabeza y comenzaba a retorcerse con esa sensación de tirarse a la sima y no volver a mirar el cielo. Se sentía despreciada, asqueada, sin sentido. “Este cuerpo ya no es mío”, pedía clemencia a la nada, su cerebro no presentaba ninguna imagen de rostro o deidad para pedir perdón, pensaba que hablaba en voz muy alta cuando gritaba a todo pulmón, “!!!que alguien me saque de aquí!!!”, pero su grito no salía de su garganta reseca, se atragantaba su voz y solo un suspiro se escapaba de su boca abierta como un pez cuando lo expulsan del agua.

Tocaba cada parte de su cuerpo como queriendo hacerse consciente de lo que tramaba, pero nadie se acerca para impedir la catástrofe, nadie voltea la mirada, sabe que no existe, confirma que es invisible, “nadie se sentara a mi lado”, como iban a sentarse a su lado si no era digna de tener a nadie tan cerca. Pasa de nuevo la película de recuerdos y se ve en las sombras, con su vestido blanco desgarrado y manchas de sangre saliendo de su entrepierna, hilos rojos brotaban y cada vez aumentaban el grosor y volvía a sentirse “inconsolablemente sola como aquella vez” desvalorizada, desbastada.

Las sombras comenzaron a llegar en manadas y se abrazaban a su cintura, quizás Alfonsina Storni había sentido lo mismo en su recorrido a la profundidad, ese pensamiento era un nuevo impulso para tomar la decisión que no quería, que posponía cada instante de espera para que un alma noble se apiadara de su estado y la arrastrara a la orilla, quería cruzar al otro lado de la calle, pero no podía ni voltear la mirada hacia atrás, una mano gigante salía de la profundidad y le hacía señales para que se acercara otro paso más hacia adelante, y no quería ceder, no quería ver aquellas garras negras, con uñas dobladas y filamentos de algas marinas color verde oscuro que extendía sus manos para que diera un paso más, las sombras la agarraron ambos brazos y la pusieron de pies y la encaminaban lentamente hacia el abismo, ya no se resistía, suspiro resignada y un halo de luz abría el camino, un pies suspendido bajaba suavemente, veía el fondo con estrellitas de mar que se desplazaban con movimientos sincronizados, era un hurí que le confundía entre su infancia y su ya adultez, ahí debajo había una atracción irresistible, destellante, resplandeciente, una luminaria de varios colores que espejeaban pronominalmente su capacidad de respuesta hacia el peligro.

Una mano invisible la arrastró como hace tantas horas esperaba y la arrancó con fuerza del abismo, la tiró al suelo y la hizo reaccionar, un grito se escapó no, más bien un alarido que rompió la prima noche, entonces se cerró la senda de luz y vinieron los caminantes e hicieron un cerco alrededor de ella, algunos la miraban con compasión, otros con desprecio. ¡Las opiniones no paraban, “estúpida!!”, “pobrecita”, “sinvergüenza “, “indolente seguro sus hijos esperándola”, “Ay ombe, pobre muchacha “, mientras Anita se agarraba fuertemente a las manos que la habían sostenido y cubría su rostro, rompió el cerco y era ella ahora quien arrastraba las manos fuertes que la sostenía, se alejó sin levantar su rostro hasta perderse en la oscuridad sin soltarse del hombre, que suponía por el tamaño de las manos.

No se diga más del episodio, Anita esa noche decidió acabar con su vida por la desvalorización que sentía, había sido violada por la persona más importante de su vida, cuatro semanas habían pasado de aquel deleznable acontecimiento, no veía otra salida, las amenazas recibida por el autor que era su padre la habían paralizado, ningún camino era viable tras tal ignominia. El dilema moral: el afecto, agradecimiento y la vergüenza oprimía cualquier razonamiento, la salida en este caso para ella era su propia existencia, entre callar el dolor agudo que provoca un estupro y la denuncia a las autoridades; el desmoronamiento de una familia “ética”, ¿la vergüenza? “moral”, ambas tienen un peso tan grande!, evidenciar al malhechor que trastorna la vida, ¿hasta el punto de acabar con la propia?

Las dudas que crea la “ética Kantiana” hace referencia al conflicto interno que crean los deberes y el dilema, en donde ningún deber es superior a otro en el conflicto. Según Immanuel Kant, “un dilema moral es una situación extrema de conflicto en la que la persona no puede seguir un curso de acción conforme a las dos obligaciones en conflictos”, en el caso de Anita su hija, un evento de la naturaleza, su progenitor amado y consentido, y la violación un acto infame que desmonta los principios de la civilización y de los derechos humanos, violento deshumanizante incestuoso.

Probablemente aquí encontramos muchas respuestas aún no clarificadas, agotemos el resto para desmitificar y desenmascarar “la ética y la moral” en nuestros días.

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