El misterio del saxofonista de la farola azul

Por: Amalia Pérez Mejía

Tocaba el saxofón como un dios a las odaliscas de un sultán de la dinastía del imperio Otomano, se inspiraba con las más afamadas canciones, tocando apasionadamente cada melodía que encontraba en la memoria de sus células, en la profundidad recóndita de su herencia musical, vigilante de cada recuerdo de los toques de palos ancestrales y las malas noches de su niñez, Escondido entre piernas de las comadres que amanecen cantando salves, mientras el niño se escurría entre los bailadores y se acurrucaba en la primera falda que encontraba sentada en los bancos de madera que formaban el círculo blanqueado del altar.

Esa expresión musical ya había recorrido tres generaciones, donde se pasaban la cofradía cada año entre los comunitarios y eran los responsables de montar la “fiesta de atabales” dedicada a la “cofradía del espíritu santo “con la finalidad de inicial un año próspero y productivo, para que las crecientes de los ríos desemboquen en la profundidad del mar sin arrastrar las cosechas, era la fuerza que impulsan los nacimientos de los machos y de las hembras, la permanencia de los matrimonios en la familia, a quien le tocaba la “vela” del espíritu santo, la proliferación de los animales iba hacer de bonanza, por esa razón todos los comunitarios participaban desbordantemente y deseaban que le tocara la fiesta.

En cada fiesta se mataban los mejores becerros, las mujeres cocinaban placenteramente y repartían a los presentes y a los ausentes variedad de comidas. Era la única fuerza del saxofonista y esa misma fuerza lo colocaba cada tarde en el mismo lugar desde que iluminaba la farola azul, posaba sus labios carnosos desplegados sobre el bisel y comenzaba a silbar como estaba acostumbrado allá en su campo para hacer venir los ovejos cada tarde.

Para él no era difícil, soplar el instrumento, sentir que la sangre subía ardientemente a su cabeza y sus dedos se desplazaban con presteza por la caña de dicho instrumento y soltaba un vibrato que ondulaban las guirnaldas que cruzaban las calles y rozaban el rostro haciéndole recordar cintas, azules, amarillas, rojas y verdes que adornan la gruesa cintura de su abuela Anita, la “mandamás” del dueño de los “misterios”. El respetado dueño que se montaba en el caballo sin cabeza y arrastraba las cadenas en las noches por todas las calles de la comuna, el dueño de los “gatos que comían hielo”, ese mismo que aparecía con una cadena y una pipa en el altar principal dándole la bienvenida a la llegada del fértil año glorioso de las cosechas.

La vida en la capital del bisnieto del dueño de los “misterios” no había sido tan prospera, los caminantes dejaban apenas unas pocas monedas en el frasco plateado que se iluminaba con la fluorescente luz azul de la farola. Él sabía que no era su destino final que en el fondo el esperaba a alguien que descubriera su talento.

Había pasado un año de estar apostado en la misma esquina y apenas recogía para pagar un plato de comida donde los chinos. la desesperación era evidente, había prometido a su vieja traer a su hermana a estudiar a la capital. El margen de promesa se ampliaba cada vez más, nadie se fijaba en su melódica expresión que en cada soplo ponía su más ferviente deseo de captar la atención de algún famoso que le ofertar la visa para su sueño.
Un día ya no pudo más y decidió dejar de presentarse debajo de la farola azul, pensó cambiar de trabajo para poder cumplir su promesa y empezó a vender frutas en los semáforos, era menos remunerativo su nueva labor y el calor agobiante, el desprecio de los destinatarios que en ocasiones le insultaban para que se apartará de su auto, hacían más agobiante su realidad.

No pasó una semana completa cuando comprendió que había fracasado en su nuevo negocio y decidió ir a una franquicia famosa de comida rápida para que le dieran un puesto de “delivery”, ese nuevo empleo le alejaba cada día más de cumplir la promesa de que su hermana estudiara en la universidad de la capital, la desesperación iba en aumento, por eso cambiaba tanto de empleo, ninguno remuneraba para su anhelo.

El saxofonista siguió tocando en la intimidad de un cuartucho ubicado debajo de una escalera en una casa abandonada de la zona colonial, estaba seguro que el “dueño de los misterios” iba a venir en su auxilio, pues la creencia de que el espíritu de su bisabuelo siempre lo andaba rondando le hacían permanecer en ese lugar donde ya no le quedaba más aventura de bonanzas por probar.

Algunos se apostaban en la cercanía y podían mirarle por un hueco en la pared de cartón, como hacía vibrar ese aparato adherido al cuerpo como si formara parte de una de sus extremidades superior, deleitaba a quien afinaba el oído a las melodías. Incluso algún buscón organizaba sillas en filas para que la gente se sentara a escuchar las notas tan alta que salían por el constante bombeo del aire emitido al instrumento. Sin embargo, nadie pensó en contratarlo, todos aplaudían su afinada interpretación exacta y rítmica salidas de las más altas academias del canto.

El saxofonista moría en el cuartucho esperando el milagro con el que había crecido, las altas expectativas se habían desvanecido en una sociedad que no mira hacia afuera, su sueño se desmoronaba como se caían los pedazos de pared a medida que elevaba el sonido de su única compañía, de manera que se convirtió en su más absurda frustración. Ese sentimiento generado en una persona que ve truncado su deseo o la conquista de su meta, una imposibilidad para lograr lo que se ha propuesto, solo puede apelar a las fuerzas internas heredadas de sus ancestros, la mayor conquista en el seno familiar.

Y se hizo el milagro, el que tenía varios meses esperando, el viejo finalmente le habló y le dijo “recoge tus cosas y vete a casa”. Así fue como el barrio lo vio salir a media tarde con sus tres extremidades superiores, ¡se veía regenerado, revitalizado, alegre! ¡Iba camino a casa, sentía que se cumplió la promesa!.

Es importante hacer un ejercicio que le clarifique la aceptación de lo real e irreal y se debe encontrar con un yo interno que le permita gestionar de manera consciente su problemática. Autores hablan de que “la denominación de lo intangible es algo complicado” por eso las creencias mágico religiosas son algo confusas, sin negar que a pesar de todas las investigaciones sigue siendo un enigma el poder que puede ejercer este concepto en una persona.

La implicación es clara en el cambio de actitud repentina del saxofonista de la farola azul, una cuestión generacional que marca la diferencia entre dejarme morir en el olvido o retornar al origen de la “cofradía del espíritu santo”, aunque no haya podido cumplir el sueño de su hermana.
No es complicado, digamos que existen muchos misterios sin descifrar en la vida de un ser humano.

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