El Resguardo de Don Miro

Por: Amalia Pérez Mejía

¡El viejo hay que llevarse a Juan de Herrera lo más tardar mañana!,

Pero porque mamá, así como él está, no se puede viajar”.

¡Hija, dije que hay que llevárselo para su casa!

“No seas cruel, está orinando la sangre”, la muchacha trataba de persuadir a la madre que estaba decidida.

“Que sabes tú lo que estoy diciendo”, es una orden, llamemos al ayuntamiento para que manden la ambulancia y le damos mil pesos al chófer”.
¡Está bien, como tú digas! Dijo Anita de mala gana.

El viejo Miró llevaba en cama dos meses y medio, vomitaba la sangre y no dejaba de quejarse día y noche. Un verdadero calvario para el hombre nacido y criado en el campo, las veces que había ido a la ciudad capital era porque sus hijas les obligaban para llevarlo al médico.

Miro era un “jeque” en su comunidad, respetado por los hombres y admirado por las mujeres, había conformado una red social importante, pues poseía el don de la “sanidad” a personas y animales, podía ensalmar cualquier animal desde su casa y los gusanos caían muertos en media hora.

La fama del veterano “curandero” corría de región en región, incluyendo la curiosidad de un expresidente que consultaba por teléfono al legendario caballero. Una vez un hombre que no había obtenido los resultados esperados en la consulta, muy enojado sacó un cuchillo y se lo clavó en el estómago y el presidente se enteró, envió un helicóptero que lo trasladó al hospital de las fuerzas armadas y cuando estuvo mejor lo regresó a su pueblo en el mismo transporte.

Se decía que Miro podía hablar con los muertos emparentados de su clientela y la fila que se concentraba los martes y los viernes daba la vuelta redonda a la casa, exclusivamente construida para recibir la gente necesitados para darles el servicio.

Dicen, además, que don Miro no cobraba a su clientela, hasta no ver los resultados del trabajo y eso aumentaba más su fama, conjuntamente con el plus de su amistad presidencial.

Hasta que la hermana pequeña del moribundo fue a casa de su hermana donde estaba el padre, a alertar la familia de la situación, después de agotar todos los procedimientos médicos para la recuperación de la salud del «viejo». Pero todos los esfuerzos fueron en vano, padecía una enfermedad crónica que ya no tenía tiempo para la cura.

“Pero ven acá mujer, tú no te das cuenta que hasta que papá no vomite el nudo no va a descansar en paz”. “Pero de qué nudo tú me hablas”, “el resguardo que se tragó, como lo tenemos cada una de nosotras”. Se refería a las seis hermanas que su padre le había hecho tragar también el resguardo para la protección de cualquier espíritu maligno que viniera hacerle daño.

En efecto se llevaron a don Miro, a las 7:00 am, llegó la ambulancia y ya estaba listo, lo introdujeron en el vehículo y entre llantos y quejidos del moribundo, se alejaron velozmente donde lo esperaba una gran multitud con obsequios y remedios para el hombre que en algún momento de sus vidas le impuso algún trabajo de sanación o para enderezarle la suerte torcida.

Cuando el hombre llegó a su casa tan anhelada, ya le tenían el trago preparado para hacerle vomitar el resguardo, se percibía el olor a ruda y ajo que emanaba de una cacerola humeante colocada en un recipiente con agua caliente sobre una mesa con mantel blanco, una campana, un manojo de planta aromática que no pude identificar y un rosario, era todo lo que estaba encima de la mesa.

Siete mujeres vestidas de blanco con pañuelos color azul, se colocaron de manera estratégica alrededor del moribundo, la más cercana agarro una botella de cristal y vertió el contenido y le hizo tragar con la ayuda de otra, como impulsado por un resorte en la espalda, el señor se sentó en la cama e inmediatamente le colocaron un recipiente sobre las piernas y en dos minutos el hombre abrió la boca, en una bocarada de vomito le salió un objeto negro azulado de donde broto un olor nauseabundo que hizo que las mujeres cubrieran su nariz con la punta de sus pañuelos azules.

Sin pronunciar media palabra, Miro con la misma fuerza del resorte volvió a colocar su cabeza sobre la almohada, entorno la mirada hacia el techo y con una fuerte respiración quedó inerte y rendido a los brazos de la muerte. Las mujeres se persignaron y dando la espalda abrieron la puerta, salieron de la habitación una tras otra y se perdieron en la oscuridad de la noche.

Así concluyó un mapa familiar mágico religioso que llevaba más de cinco generaciones ocupando el mismo lugar, con la intención de curar las enfermedades y las almas en pena. Siguieron las celebraciones y los ritos dedicados al legendario santero del pueblo, solo que nadie más de la familia siguió el misterio.

Cuentan que en noches de luna, don Miro se ve rondando la casa que yace sola y desolada desde que partió al más allá, hace cinco años, el lugar se convirtió en una ruina, nadie se atreve a acercarse por temor al fantasma del curandero.

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