En silencio se marchó sin maletas y sin ruido

Por: Amalia Pérez Mejía

Clavó su mirada en el techo como si quisiera traspasar la pared, los ojos exorbitados con una expresión iracunda, nadie sabe que pasaba por su cerebro suspendido en la nada, era algo así como una daga entrando peligrosamente por el muro de cemento, de repente vuelve la vista hacia la enfermera y la observa de arriba abajo y finalmente se hunde entre las cejas de Anita que la observa con pavor, como si quisiera despertarle el tercer ojo, frunciendo el ceño, sin pestañear dura algunos minutos, era como un duelo de miradas entre mujeres.

Anita no pudo más, separa la mirada de la suya y se acomoda en un sillón a cierta distancia, llena de incertidumbre piensa que le estaba dando una información muy clara, contundente y de reproche, “me falta valor” pensó hacia su adentro, vuelve a mirar de soslayo y ve sus labios a medio arco y las comisuras en la frente, la tristeza de la madre la conmueve. En la profundidad de esas dos almas que ya no se encuentran, no existe un concepto que pueda describir ese momento, cualquier espectador solo pude ver un asolado sentimiento clemente de auxilio en ambas.

Se marchó hace un año, dejando su cuerpo tendido en sábanas blancas, fue un viaje sin retorno, su cadera cada vez más pequeña y sus piernas en conjunto con su espalda más encorvadas. Emitía extraños sonidos, parece que se comunica con seres del más allá, envuelve su lengua en un círculo que hace brotar un fonema incomprendido y un canto de sirena que resuena en el vecindario, en otras ocasiones un canto de arrullo que recuerda la maternidad.

Sus recuerdos detenidos en la fisura más remota del olvido, nada le hacía reaccionar, no había nota que animará su alma, la tristeza era lo único notorio en su mirada, Anita le tomaba las manos y las apretaba contra las suyas, pero estaban inertes, inexpresiva, ya las neuronas reposaban quietas, no se producía la sinapsis para hacer vibrar de emociones la vida.
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Estaba cautiva dentro de ella misma, llevaba sus manos a la boca simulando un trozo, quien sabe de qué y mastica nada. No era tan fácil para Anita ver su madre en ese estado, recordaba su energía, su esbelta figura, su pelo recogido en la nuca, sus cuidados y dedicación a la familia quedaron también encerrados en el baúl invisible de su memoria cautiva.

El dolor de las personas alrededor de la enérgica matrona que fue presa de un viaje sin retorno de conciencia, no es más que otra cuestión enigmática para la ciencia, nada puede aproximarse a la desgracia del olvido. El reconocimiento de lo que se ama es la razón de la existencia humana, cuando ya no se puede ver lo que se mira, no tiene sentido la presencia.

El alzhéimer es un trastorno cerebral que afecta gravemente a las personas, impidiéndoles realizar sus actividades cotidianas, afectando lentamente el pensamiento, el lenguaje y la memoria, posee dificultad para recordar, sobre todo informaciones recientes o los nombres de sus seres queridos. Es un deterioro cognitivo que está tipificado como leve, pero que con el tiempo va empeorando y cada vez tendrá nuevos episodios de olvido.

Este trastorno neurológico necesita cuidados excesivos, no existe hasta la fecha ningún tratamiento que pueda prevenir o detener esta enfermedad. El tratamiento es paliativo, sólo la conciencia alrededor puede hacer de este mal más llevadero, de lo contrario el sufrimiento expansivo a los familiares pueden provocar brotes depresivos y se convierte en más difícil la situación.

Esta enfermedad no tiene condición social, puede atacar a cualquiera, es silenciosa pero letal, podríamos citar solo algunos famosos que fueron condenados a morir en la ceguera de esa enfermedad, después de haber aportado tantas luces a la humanidad, tal es el caso de: Charles Bronson legendario actor de cine, Ronald Reagan ex presidente de los EE,UU, Norman Rockwell uno de los pintores más famosos de américa, Sugar Ray Robinson entre los mejores boxeadores de todos los tiempos, Malcolm Young famoso guitarrista y considerado como uno de los más famosos en el mundo.

Solo nos resta agradecer a quienes han aportado tanto en la vida y tuvieron la desdicha de morir dos veces, una en su propio olvido y otra de manera física. Ojalá la ciencia pueda regalarnos la medicina en tiempos no muy lejano, porque eso de irse aun estando es más letal que trascender de una vez y para siempre en el polvo de las estrellas.

La psicología en este caso recomienda la estimulación cognitiva, el entrenamiento cognitivo y la rehabilitación cognitiva, las mismas consisten en terapias asistidas que retrasan el proceso, esto continúa siendo un tratamiento paliativo, al igual que las terapias a base de medicamentos.

Cuando no se puede ver lo que se mira queda sin sentido la presencia.

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