La nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue

Por Manuela Pérez Mejía

En el barrio conocí a Ñoña, una mulata bien copada de atributos que le hacía levantar, hasta la mirada a cualquiera, pero era muy orgullosa y eso hacía que la despreciaran en el vecindario, solo los osados de sexo masculino le mandaban sus mensajitos hasta por WhatsApp que ella no contestaba.

Llego a vivir al sector de clase media baja, nadie sabe de dónde vino, pero por el acento se puede intuir cuando arrastra su lengua mencionando la R que es sureña, dice “no le doy permiso a nadie para que se inmiscuya en mi vida, una le da un dedo y se toman la mano entera”, solía vocear para que el vecindario la escuchara, y decía “soy una mujer sola, no acepto que nadie pise mi ruedo”, y se alejaba con la cabeza en alto remeneando sus prominentes caderas y levantando su cabeza con altivez.

En efecto, nadie se atrevía a molestar a Ñoña, cuando quería que algo se sepa volvía a pararse debajo de la mata de naranja que sobrepasaba su apartamento, ubicado en la segunda planta.

Esa tarde le dio por alabar a su hijo Jasiel de 16 años que bateaba a 400-11 y corría a 6-2, era la esperanza, el naife de la familia, ella sabía que ahí estaba su oportunidad para salir del barrio y abandonar esa chusma que no se asemejaba a su origen, un negro traído de las islas menores del caribe que además hablaba inglés, ahí estaba su fuerza, en ese bisabuelo negro, artista de la madera y de fino trato, el cual ella aprendió las palabritas familiar en inglés, pasada en generaciones y al terminar cada oración agregaba un “do not disturb”.

Colocaba su mano derecha en la boca para amplificar su voz y dice “mi muchacho es un prospecto, pronto lo van a firmar y cambiaremos esta vida de perros, les aseguro que mi muchacho va a terminar en el salón de la fama como a Pedro Martínez”.

Decía la madre emocionada al referirse a Jasiel su primogénito, remeneando las caderas y hacía ademanes de fuerza con ambos brazos. Alguno del vecindario se alegraba, pero a otros les molestaba la forma tan orgullosa en que la madre hablaba de su hijo.

Los meses transcurrían en el afán de la práctica de béisbol y la recolección de los chelitos para pagar el concho que llevaba al muchacho de la casa al play y viceversa.
Finalmente llego el día, dos hombres en un “Jepeton” llegaron a la casa y hablaron con Ñoña, le dijeron que ningún bateador tenía un record tan perfecto como el de Jasier, que ningún bateador golpeara 71 jonrones, que el joven se ha convertido en un umbral irrompible, es una reliquia con un futuro envidiable”.

Jasiel había cuscout. En un sobre amarillo le entrego el primer bono de tres millones de pesos, al otro día volvieron a entregarle su pasaporte visado, dejaron que se despidiera de su madre y lo montaron en el vehículo rumbo a Boston.

Catorce meses después volvió a casa, al mismo barrio que su madre, no le dejaba juntarse con sus amigos, pero esta vez lleno de cadenas y ropa de marcas, visito una por una las casas de sus compañeros de escuela, bebió wisky hasta el amanecer, fumo juca y bailo con todas las muchachas que rondaban al atlético joven.

Compro una Mercedes_Benz clase A del año color gris, como siempre la deseaba, voló literalmente por la autopista que lleva a las playas del norte, era la oportunidad de disfrutar sus logros obtenidos, no regreso hasta una semana después, no regreso, lo trajeron en una ambulancia ya sin vida.

El joven de apenas 18 años cabo su tumba en un sobre amarillo con tres millones de pesos que no le permitió jugar 10 temporadas, ni llegar a las grandes ligas, no tuvo tiempo de estar en la portada de los diarios deportivos, tampoco Ñoña compro la casita de sus sueños, la ilusión del joven se vio truncada en el camino, no llego a conquistar la gran carpa.

Ñoña tampoco levanto la cabeza, ni remeneo las caderas, sin embargo, todos los vecinos acudieron al funeral, estuvieron acompañando la soberbia mujer que se negaba a mezclarse con las chusmas del barrio. Hoy sin fuerzas y sin voz, nombra a cada vecino en su llanto llamándoles por sus propios nombres que nunca había pronunciado.

La vida nos puede cambiar en un instante, la prudencia y la madurez son dos conceptos necesarios para evitar la nostalgia de lo que pudo ver sido y no fue. El Mercedes quedó destrozado y el muchacho lo sacaron en pedazos del interior.

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