Las palabras cambian la calidez de los pensamientos

Por: Amalia Pérez Mejía

«Las palabras cuan potentes para el bien y el mal se vuelven en manos de quién sabe cómo combinarlas». Nathaniel Hawthorne.
Sentada en el parque Colón, mientras trituraba un trozo de pan que llevaba en la cartera de hace más o menos una semana, Anita comenzó a soltar pequeñas migas a las palomas, a fin de esperar un rato entretenida mientras llegaba su amiga Elsa, con quien se había citado para ir ver una obra de teatro, mientras se perdía en el aleteo de las palomas, a su lado se sentó un hombre con aspecto algo desaliñado (según los estándares de elegancia), y pufs, un ruido seco al sentarse hizo que volaran todas las palomas. Volteo a mirarle, algo así con desprecio y rabia, para gritarle cualquier improperio que le hiciera notar su imprudencia. pero sonrió tan francamente, mostrando unos dientes perfectos y dejando ver una jovialidad que solo se descubre en su sonrisa que hizo confiar a la muchacha.

Como si la conociera de toda la vida agarro su mano con firmeza, le quitó la servilleta donde sostenía la miga de pan y sin dejar de sonreír comenzó a lanzárselo a las palomas que acababan de volar, Anita como muestra de repulsión, encogió sus piernas una sobre otra, codo en rodilla y mano en mentón, asumiendo una postura rígida que en el lenguaje corporal está diciendo “ni te me acerques”, de repente cae una hoja seca sobre su cabeza y el extraño antes de que reaccionara la apartó de sus “marañados” rizos.

Volvió a mirarlo de soslayo, bajando la pierna derecha en posición de marcharse, el señor de alrededor 43 años, da un giro de noventa grados buscando su mirada y le pregunta intimidantemente, ¿Por qué se marcha?, ella con voz insegura, casi sin abrir la boca le contesto “porque me tengo que ir”, y se repliega un poco del banco como cediéndole más espacio. Volvió a sentarse y esta vez llegó más lejos, agarró uno de sus rizos enredándose en un dedo y preguntó: ¡conoces a Roger Cole?, ¿No!, nunca has escuchado hablar de él?, ¡volvió a preguntarle, No! carraspeo, con temor de parecer ignorante a este hombre que en inicio pensó que era un harapiento de esos que deambulan por el parque.

Entonces el desconocido comienza a narrarle que Cole es un médico australiano que trascendió por su investigación en torno a lo que ocurre entre la vida y la muerte, siguió diciendo, que para el médico la muerte saca al paciente de este planeta y lo lleva a otra senda de luz. Anita ya no dudaba, estaba convencida de que a su lado estaba un perfecto demente esotérico que le iba a invitar a alguna secta o que algo buscaba contándole esas raras historias aun sin conocerla. ¡Pero se acordó que era sobreviviente de cáncer y que probablemente portaba un mensaje “divino”, solo le vino a recordarle que otra vez le estaba volviendo la maldita enfermedad!

El hombre no paraba de hablar de lo que pasaba en la vida y la muerte, continuaba diciendo que lo importante es morir en decoro y dignidad, que la muerte se espera de una manera placentera y bla-bla-bla… Entre asombro, miedo e incredulidad la mujer abría cada vez más sus exorbitantes ojos, como queriendo adivinar dónde quería llegar este hombre. La idea de la muerte fue entrando poco a poco en los pensamientos de Anita que lentamente se fue levantando del banco y alejándose de aquel desconocido que solo vino a “presagiar” lo que tanto ella temía. El hombre levantó la mano en señal de despedida y la dejó partir.

El impacto de aquellas palabras en su confusa cabeza, hizo que olvidara el motivo por el que se encontraba allí, los pensamientos recurrentes permanecían inquietando, volteo la mirada y veía rayos de luces multicolores alrededor de su “enviado divino” que vino a ponerla en sobre aviso acerca de la desgracia que se iba a ceñir en su vida. Deambulo sin rumbo por toda la zona, no dejaba de pensar en cómo iba a trascender esa luz de la que hablaba el doctor Cole.

Entrada la madrugada pudo llegar a su pequeño apartamento con algunas dificultades, fue difícil encontrar la cerradura de la puerta, estaba perturbada, si, muy perturbada por aquellas palabras malditas de ese desconocido. No, no era un desconocido, ni las palabras malditas, ¡perdón!!, “ese es un enviado de lo alto que vino a ponerme en sobre aviso”, murmuraba, pensó en que la muerte podía ser un alivio para la soledad y el sufrimiento, recordó que alguna vez leyendo un libro que cuando una nace y cuando muere se alcanza el clímax del placer, esto consolaba un poco el sufrimiento.

Ella se acostó con los ojos fijo al techo, con un rayo de luz que entraba por la ventana, pasaron dos días cuando los vecinos derribaron la puerta y la encontraron allí tiesa, con los ojos fijo en el mismo punto de hace cuarenta y ocho horas, un robusto señor que vendía vegetales en la esquina, a quien ella solía comprar, la levanto en vilos y la depositó en el hospital universitario que estaba al lado, le suministraron algunos ansiolíticos hasta que poco a poco volvió en sí.

El impacto de las palabras de aquel desconocido y las creencias ancestrales de Anita pudieron costarle la vida, varias hipótesis nos pueden explicar esta situación que enfrenta las personas a cotidianas incertidumbres sobre la vida y la muerte. Hasta que no se encuentren los elementos que explican las reacciones que se intensifica con el fanatismo de las creencias culturales o familiares. El terapeuta debe explorar situaciones relacionadas a la eventualidad y desarrollar un diálogo con el paciente o cliente para llegar a la búsqueda de la paralización.

Sigmund Freud, introduce el término creencia para referirse a diferentes ámbitos del pensamiento, equivalente a juzgar el mundo externo a través del juicio de la propia realidad del ser humano, que puede producir un delirio o una obra de arte, dependerá siempre de la claridad o equilibrio de la persona. Reafirma en este postulado que cada vez que se piensa también se cree, y que es un proceso responsable del “YO”, y en la neurosis hay creencias reprimidas que cualquier detonante puede provocar una crisis. Definió la creencia religiosa como una creencia humana que apacigua la angustia de los hombres frente al peligro y los azares de la vida derramando consuelo en los momentos de desdicha.

En cambio, Klein y Bion postulan que la salud mental no se complementa con lo superficial, y lo entiende como una realidad que reniega del conflicto interior y de las dificultades externas y la superficialidad como un problema mental que ratifica un “YO” que no tolera el dolor del mundo interno. Dice, además, que las personas que conocen sus emociones y que permiten filtrar los pensamientos que surgen, poseen mejor salud mental y que los pensamientos destructivos se convierten en tóxico para el ser humano.

«Las palabras son contenedores de poder, tú eliges qué tipo de poder llevan». Joyce Meyer.

«Puedes cambiar el curso de tu vida con tus palabras». Anónimo.

«Manejarlas con cuidado, porque las palabras tienen más poder que las bombas atómicas». Pearl Strachan

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