Lo que no se supera se pierde en el olvido

Por: Amalia Pérez Mejía

Finalmente le dieron la beca que tanto había esperado, aunque nadie de la familia estaba de acuerdo, él se armó de valor y a escondida preparo su viaje. Solo su tía-abuela con quien tenía una estrecha relación, estaba de acuerdo con el viaje, se había hecho su cómplice. Le busco algún dinerito para que no pasara trabajo, le dio una medalla del divino niño y su bendición para que le vaya bien en su viaje.

Llego el día del viaje y la madre que se había enterado, lloraba destrozada porque su único hijo varón se le iba quien sabe por cuantos años al “culo del mundo”, nadie consolaba la desdichada mujer que perdía su muchacho, como proclamaba en cada llanto, los vecinos acompañaron a la madre por aproximadamente un mes, los ojos de Malta no se secaban, estaba pendiente de cualquier información, era la única vez que cesaba su llanto cuando la televisión mencionaba ese “desgraciado” país tan grande!, tan maldito!, puto país de mierda que me robo mi hijo, comunistas del diablo!.

Odiaba el territorio completo, el idioma y a cada uno de sus habitantes, no entendía la bondad que le hacían a su hijo, se le había desprendido un trozo del alma, no tenía los medios para viajar al monstruoso territorio de una lengua mal hablada, decía ella “cuanto trabajo va a pasar mi muchacho en esas tierras de gente mala, ni siquiera se va a poder comunicar porque nadie lo entenderá, no dejaba de murmurar y maldecir la potencia.

Helio Buenaventura se marchó, sentía que había cumplido su sueño, no miro atrás, ni se despidió de su madre, nadie sabe si por dolor o porque no le importaba, lo cierto es que duro diez días viajando para poder llegar a su destino final, quedo anonadado de tantos edificios altos y monumentos gigantes que terminaban en conos de barquillas de diferentes colores.

Comenzaba una nueva aventura en su vida, había abandonado la comodidad y las ñoñerías de su casa como primogénito entre mujeres, esta nueva vida le movería todo el piso, cambiaría su estilo de niño consentido a “negro caribeño”, debía abrirse paso entre tantos estudiantes de diferentes nacionalidades y por supuesto diferentes coeficientes de inteligencias (CI), donde él consideraba el suyo superior.

Estaba dentro de los estudiantes más sobresalientes de su pueblo, se colocaba en medio del parque y desafiaba a los jóvenes de su edad a resolver ecuaciones matemáticas complejas, alardeaba su rapidez y agilidad para los números. Nadie había roto su record en la lejana comunidad de la que procedía, pensó que correría la misma suerte en el país que le otorgo la beca, pero la competencia allí estaba reñida.

El frio carcomía hasta los huesos, las noches eran frías y largas en aquellas lejanas tierras, la ausencia, el olvido, el abandono, así se sentía Helio solitario en un cuarto con seis literas oscuro, ningún rayo de sol en muchos meses, parecía la torre de babel aquella pequeña habitación con personas de diferentes nacionalidad e idioma.

Lloraba amargamente la ausencia, el recuerdo de su amada que le escribía todas las semanas una carta sin recibir respuestas, esta angustia acentuaba el dolor y la desolación. Se arrepentía cada mañana de haber venido a esta “mierda de país”, pero su orgullo le desafiaba la soledad y decidía permanecer hasta el final de sus estudios, cambiaba de idea con frecuencia, había hecho y deshecho la maleta en innumerables ocasiones.

“…….y si ya no me quieres, si la encuentro en brazos de otro” pensaba Helio y se amargaba, volvía a beber otra botella de vodka, al otro día llegaba agotado a la prestigiosa universidad, sin haber pegado un ojo toda la noche, todos saben que había bebido, pero nadie se daba cuenta del estado interior, solo del exterior, se burlaban los compañeros del estado visible del muchacho.

Solo el tiempo pudo calmar el sufrimiento y sentido de abandono, pasado un año Helio había perdido más de 60 kilos, estaba en los huesos, no se había cortado el pelo que le cubría todo el rostro, asomando dos ojos de miradas tristes y una nariz firme puntiaguda, parecía un esqueleto.

Cinco años habían pasado desde aquel día que dejo su sufrida madre, sentía que estaba en el mismo punto, solo había avanzado en su vida social, pero la frustración de todo lo que había dejado en su país de origen le perseguían, no pudo superar que nunca recibió una carta como respuestas a tantas que había escrito de su amada.

Tampoco supero el cómodo trato de su madre y hermanas, ni el privilegio ganado de los maestros que le daban clases, la ausencia permanecía en sus meses grises, extrañaba el sol candente de su tierra árida, su sonrisa se fue apagando con el olvido de su historia. Un día cualquiera no regreso a la universidad y nadie lo noto, dicen que cargo su mochila de caviar en el almacén de la pensión y se montó en un tren que iba a Europa del central.

Nunca más lo volvieron a ver, pero en la pensión, colgada en el techo donde termina el pasillo, una gorra con la figura del Che color verde que perteneció a Buenaventura, la colocaron ahí como símbolo del estudiante desaparecido, para que nadie vuelva a cometer tal estupidez y aprendan que “lo que no se supera se puede perder en el olvido”.

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