LOS ACENDRADOS DEL AMOR MUEREN EN LA MELANCOLIA

Por Amalia Pérez Mejía

Me refiero a quien cree no herrar en la búsqueda y conquista de parejas, a quienes encuentran fallas en otros, en otras y perfección en sí mismo.

La vida nos pone frente a frente al espejo, ayer conversando con mi hermano llegado su 70 década con tres rayas en la frente, mirada sombría, mentón caído y una sonrisa curvada, más bien parecía una mueca. Le pregunte compasivamente si se sentía solo, lo cual me contesto que estaba absolutamente feliz, cosa que obviamente dude justo por la expresión de tristeza reflejada en su “séptimo-pensante década” . Quise seguir indagando un poco más, utilizando algunas habilidades para que no se sintiera acosado. ¿Estas extrañando a alguien en este momento? ¡No!, me contesto secamente.

Vuelvo a insistir, no crees que si estuvieras al lado Anita te sentirías más a gusto. ¡No!, volvió a contestar, y esperé que se acomodara en el sillón, garraspara y sacudiera sus rodillas, como un acto de escarbar una respuesta interna, se pasó la lengua por sus labios y dijo: Yo decidí alejarme de ella porque no era coherente con su vida, tenía varios defectos que no se ajustan a mi estilo de vida.

Esta respuesta me llevo a pasar mi película de recuerdos cuando mi hermano me llevaba a pasear, agarrada mi pequeña mano entre la suya, (yo 23 años menor) me sentía realmente una princesa halada por un príncipe, mis pasos eran apurados a saltos para poder alcanzar las zancadas de sus largas piernas, cuidaba con esmero mis detalles y yo me llenaba de orgullo con aquellos ojos “amielados», redondos y una firme mirada que derretía a quien la sostuviera por un instante. Poco a poco me fui convirtiendo en algo así como “cómplice” de sus aventuras dominicales, recuerdo tantas hermosas mujeres a quienes me presentaba como su hermanita (así es, era su hermanita consentida), de quien él hablaba placenteramente “ella es muy inteligente” ya a sus 8 años ha leído a “MARIA de Jorge Isaacs, y va por más de la mitad de “el Lazarillo de Tormes”, yo elevaba mi frente como quien le están pidiendo desfilar por la alfombra roja, ante el dantesco cumplido.

Realmente me llené de tristeza ver mi acendrado hermano con los hombres hundidos y su mirada vacía, aquella figura etérea, tan particular, que me solía contar durante el recorrido desde casa hasta el parque dominguero lo inmensurable del amor e inmediatamente me presentaba a una de sus “amigas” y yo siempre salía agraciada recibiendo cuantos regalos y detalles diversos, como tan diversas eran esas jóvenes enamoradas de mi hermano Carlos y por supuesto, él también se enamoraba de ellas, jamás entendí como pasaba tan rápido de unos brazos a otros, sin sentir ningún sentimiento de culpas. En ocasiones me convertí en “paño de lágrimas” de algunas. No comprendí las lágrimas de ellas, hasta pasado los años, cuando ya estaba en la adolescencia, empaticé con sus actuaciones en las propias mías.

El efecto que creaban las efímeras relaciones de mi hermano y el dolor que causaba la separación a las elegantes damitas, fueron marcando mi existencia, me hicieron creer que era la forma más atractiva de la conquista, que la esperanza de continuar más allá de lo establecido es un sofismo que nos llevará siempre a la incongruencia del destino, independientemente de las confrontaciones morales, «que es la única vía para llegar a la eternidad» no son más que momentos fugaces conectados a la pureza en la más absoluta sublimidad del amor.

No puedo ignorar que esa situación vivida durante largos años acompañando a Carlos en sus reiteradas citas con diferentes mujeres, me envolvían en una oleada de temores que despertaban en mi quebrantadas angustias con relación a la pareja, quizás fueron las razones que me llevaron a ver el circo desde la grada y fui comprendiendo cada día más como se iban arrebatando los sueños en cada una de estas muchachas, porque la audiencia está dentro y fuera sólo hay espectadores viviendo su propias causas. Sin embargo, era consciente de que en cada cita se intensificaba la oportunidad para otros nuevos encuentros que poseían la magia de lo desconocido, de lo no planeado y eso era la conquista del Nobel para él.

Entonces buscando algunos conceptos de felicidad, me encuentro con Martín Seligman un psicólogo Positivista de nuestros tiempos que habla de “La Vida Placentera”, dice que no se refiere a un concepto hedonista, como una vida que se orienta hacia la plenitud sin mayores aspiraciones, además plantea, que no es a eso la construcción de la felicidad, si no a “Una vida placentera que consiste en gestionar adecuadamente emociones positivas y que estas sean duraderas”.

Hoy en esta charla de soledades me encuentro frente a un desolado hombre, disminuido, que volvió a decir “Nada se planea en la fluidez de la conquista, todo es eterno y efímero, se profundiza en cada piel sin mirar consecuencias”.
¡Nada comprendí…!!!!!!

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