Los juegos psicológico en los trípticos del amor

Por: Amalia Pérez Mejía

Él se embelese en los movimientos circulares de los ojos de Anita, gira, hacia arriba, hacia abajo, derecha, izquierda y finalmente fija la mirada en su interlocutor quien literalmente se le “cae la baba”, ella le ofrece una servilleta y él consciente del mandato se mete la mano en los bolsillos y saca un impecable pañuelo blanco con sus iniciales EC en color azul de cielo nublado, un poco de apuros, y limpia suavemente la boca sin quitar la mirada a la muchacha.

Ella toma su teléfono discretamente, deja pasar algunos minutos y con movimientos nerviosos abre la pantalla cada treinta segundos, parece que nadie le contesta, mientras el teléfono del joven emite el sonido de un mensaje cada minuto, timbra constantemente, mira y no toma la llamada.

Él no contesta y a ella no le escriben; él la mira con ternura, acerca su barbilla hacia la suya y le roba un beso, ella se distancia con cuidado y abre los brazos para evadir la caricia y retomando la conversación anterior sobre su firma de abogados, pide dos cervezas más, llevan cuatro y sigue entornando sus ojos comentando con aparente orgullo su trabajo, habla descontroladamente, los movimientos de su cuerpo no se coordinan con su voz, la sonrisa se torna más bien como una mueca, ya es visible la angustia y en EC es visible el placer de tener tan cerca la mujer quiere.

Habla incoherentemente con voz chillona, mientras agarra ambas manos y se la estruja con desesperación, él no lo nota, está ensimismado en cada movimiento, todo le parece gracioso, se interesa por cada palabra salida de la boca de Anita, no aparta la mirada de esa mulata de pelo encrespado que le enternece.

No para de hablar, sigue comentando en el mismo tono, los presentes de cuando en vez vuelven la mirada a la joven que eleva la voz por encima de la bachata de Romeo, salida a todo volumen de dos bocinas estridentes y mal sintonizadas en el pequeño bar que no alberga más de diez personas.

“La gente hace lo que quiera”, sigue comentando y agarra un mechón de sus rizos con fuerzas (duele) “hay que hacer lo que a una le dé la gana, el cabello rojo, amarillo, azul, largo, corto, como se te de la real gana, mis amigos me aman y yo los amo tal y como son”, cada frase la iba exacerbando, irritantemente visible iba perdiendo su autocontrol.

El joven sin embargo no dejaba de sonreír de manera plácida, complacido por el diálogo, ignorando totalmente que estaban viviendo de manera contraria la misma realidad: ella enamorada de otro y otra enamorada de él. Paradoja de la vida, el presta toda la atención y ella espera que otro le preste la atención, mientras la otra espera ansiosa que él le conteste la llamada.

Anita decide ausentarse tomando de un tirón su cartera de la mesa, sale y él la sigue; la toma con fuerza por la cintura y hace que se detenga. Ella se resiste en medio de un forcejeo, pero finalmente sede, en la oscuridad resplandecen sus zapatillas rosadas con escarchas brillantes, haciendo juego con sus piernas largas y su vestido negro tres cuartas, rendida al hombre que no ama.

La noche ya avanza y solo EC obtiene lo que desea, ella se quiere ir y él quiere que ella se quede, forcejean un poco más, pero termina en los brazos del seductor.

Son los juegos psicológicos expresado por el psiquiatra Eric Berne creador de la teoría del Análisis Transaccional (A.T), que lo define como una manera disfuncional de relacionamiento, utilizado para cubrir necesidades de afecto, atención y reconocimiento. Estos juegos no son divertidos, ni para quien lo inicia, ni para quien participa, al final siempre se pierde emocionalmente y se convierte inconsciente en artilugio de manipulación, la mayoría de las veces.

Esta acción generalmente sistemática, siempre se inicia con un jugador que sabe lo que quiere, en este caso EC, que es el único que gana en la jugada, Anita y la chica que insiste en la llamada telefónica se convierten en las víctimas y probablemente EC mantenga las dos parejas, hasta que quizás, algún día se dé cuenta que su acto está perjudicando su vida y entienda que este tipo de relación siempre serán insanas.

Sin embargo, demanda señalar que en esta jugada el victimario también sale perjudicado, según el propio autor “la persona se hace más vulnerable afectando su personalidad y sus vínculos futuros con otras parejas”. Es que para vivir este “tríptico” hay que decir mentiras y esas mentiras provocan niveles de frustraciones muy altos y el coste permanentemente serán relaciones conflictivas y degradadas.

Podríamos evitar caer en estos juegos, haciendo conciencia de que existen situaciones distintas y relaciones más sanas, pero como sabrán nadie es dueño de los anhelos del corazón, ella no es feliz y él está visiblemente emocionado.

¡Dos no juegan si uno no quiere!

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